En enero de 2026, la Facultad de Letras de la Universidad Católica de Chile y la Fundación José Nuez Martín me hicieron entrega del Premio José Nuez Martín 2025, que se otorga a la mejor novela publicada en Chile en los dos años anteriores (en este caso, 2024 y 2025). A juicio del jurado, El año en que hablamos con el mar mereció este reconocimiento. En la ceremonia de entrega del premio compartí estas palabras.
Hace un par de semanas, cuando el decano me llamó para anunciarme que mi libro había sido premiado con este reconocimiento tan importante, pensé en algo tan obvio como increíble: cinco años atrás no había nada de “El año en que hablamos con el mar”. Ninguna idea. Ningún personaje. Ninguna imagen. Mucho menos había un título o una portada. No tenía existencia material, pero tampoco abstracta. Sentí una especie de nostalgia por el camino que había recorrido esta novela tan porfiada, un sendero con tropiezos y al menos tres abandonos, en el que también hubo aprendizaje, descubrimientos y personas que fueron parte fundamental del proceso (amigos, profesores, editores, en una lista que sería demasiado extensa como para mencionar aquí). Y pensé que estas palabras que me invitaron a dar hoy podían convertirse en un camino para recordar y compartir, al menos en parte, el proceso de escritura de este libro, cuya historia comienza hace casi cinco años.
Vivíamos los últimos estertores de la pandemia y Nicole y yo estábamos a pocos días de irnos a Barcelona por un año: ella a estudiar un magíster en Antropología, yo un programa de creación literaria. Antes de partir, sería julio o agosto, hicimos un breve viaje al sur para despedirnos de la parte de familia que vive allá. Ocurrió que durante algún paseo o caminata, me quedé mirando una casa solitaria emplazada en lo alto de un cerro. Imaginé que ahí arriba vivía un viejo ermitaño, un místico, un loco, en fin, un hombre de pocas y sabias palabras que no tenía nada más que hacer que cosechar algo de su huerta, llevar a pastar a las ovejas y luego leer toda la tarde sin que nadie lo molestara, hasta que fuera la hora de irse a dormir para al día siguiente hacer exactamente lo mismo. Entonces tuve una revelación, y me dije: yo podría vivir toda la vida así.
Luego seguí caminando y me olvidé de la casa y del viejo y de sus ovejas invisibles.
Un par de semanas después cambiamos el invierno chileno por el verano catalán. Como, además del buen clima, en España la pandemia venía con cierto adelanto respecto a Sudamérica y ya no había obligación de usar la mascarilla en la calle, se respiraba un ánimo carnavalesco. Eso era el renacimiento. Las terrazas de los bares, llenas; música callejera y actividades culturales por todas partes; personas de todas las culturas y colores pululando de aquí para allá con unas sonrisas enormes. Sentí una gran felicidad de estar ahí, en lo que me pareció que era el centro mismo del mundo, rodeado de tanta gente, tanto ruido y tanta fiesta, y mientras caminaba por la Gran Vía en dirección a la Plaza de Cataluña y veía todo esto tuve una revelación, y me dije: yo podría vivir toda la vida así.
En ese momento me di cuenta de que tenía por delante un libro o una terapia.
Elegí, al menos de momento, el libro. Además, para el programa de creación literaria al que me había inscrito tenía que buscar ideas, porque el trabajo final consistía, precisamente, en entregar unas 60 páginas de un proyecto literario.
De modo que tomé un buen cuchillo y me partí en dos. Puse la parte ermitaña en un personaje y la parte cosmopolita en otro. Así comenzaron a tomar forma Julián y Jerónimo, los mellizos Garcés, a quienes hice nacer en una isla del sur del mundo, inspirada en la isla Mocha. Entendí los conflictos y motivaciones principales de cada personaje. Eché mano de la imaginación y de viejas historias familiares para ir creando la historia de la familia Garcés y su descendencia. Sabía, incluso, hacia dónde quería llegar, cuál podía ser la última escena del libro. Pero el tiempo pasaba y no lograba entender quién diablos quería contar la historia. Intentaba un narrador omnisciente, exploraba el estilo indirecto libre, le daba la oportunidad a uno y otro personaje. No había caso. Mis compañeros, quién más, quién menos, avanzaban en sus trabajos. Yo no avanzaba nada porque no tenía narrador. Consideré seriamente volver a la idea de ser pastor de ovejas en el sur.
Probé acercarme al problema desde otros lugares. Me pregunté: ¿qué es un narrador? Alguien que cuenta una historia, sí, por supuesto, alguien que ofrece un punto de vista, una mirada, claro que sí, una voz ficticia (o real, en el caso de la narración oral) que maneja el oficio de juntar palabras para crear imágenes en la mente de otro, imágenes que, entrelazadas, dan vida a la película que vemos al leer o escuchar una historia. Sí. Todo eso es un narrador. Pero eso ya lo sabía y seguía con la pregunta: ¿quién quiere contar la historia de los mellizos Garcés? ¿Por qué no funciona nada?
Un narrador siempre necesita al otro, una persona o una audiencia a la que cautivar. Si no, no puede contar nada y entonces no es un narrador. El problema de mi novela, entendí con frustración, era el siguiente: ¿quién era el otro? ¿En quién estaba pensando cuando escribía esta historia? Dicho más crudamente: ¿a quién le podía importar esta historia de dos mellizos viejos y su reencuentro en una isla perdida del fin del mundo? ¿Quién querría sentarse a escuchar ese cuento, dejando de lado por tantas horas sus rutinas, sus caprichos, sus adicciones, sus amores, sus rabias, sus dolores, sus fiestas? La respuesta llegó de inmediato, con la crudeza de las verdades absolutas: nadie.
(Debo decir que en esos días ya había caído el invierno sobre Barcelona y la ciudad alegre que me recibió se había convertido en una muy distinta, lo que quizá influía en mi estado de ánimo literario).
Lo cierto es que las historias que cuentan las novelas nunca le importan a nadie. Quiero decir: nos pueden interesar, divertir, hacer reflexionar, etcétera, pero en el fondo no nos importan. Podríamos pasarnos la vida entera sin ellas, sin conocerlas nunca. Hasta el día de hoy no he leído libros que tienen fama de indispensables, como “En busca del tiempo perdido” o “Guerra y paz”, y estoy bastante seguro de que mi vida no se modificará en lo más mínimo si finalmente los leo, incluso aunque los pueda disfrutar mucho. La verdad es que las historias que están guardadas en las novelas no presentan ninguna urgencia. Lo que realmente nos importa, digamos, es que se peleen nuestros hermanos, los de carne y hueso, no dos hermanos viejos que solo viven dentro de un libro que puede permanecer perfectamente cerrado para siempre sin que la vida se altere en lo más mínimo.
¿Esto es cierto? ¿Que las historias no nos importan? Creo que sí. Pero permítanme dos observaciones rápidas. La primera: esa falta de urgencia es posiblemente lo que más nos atrae de la literatura y del arte en general. La segunda: las historias de las novelas sí que le importan a alguien: a sus personajes. Tal vez no hay que escribir una historia buscando que les importe a los futuros lectores, esa es una derrota asegurada. Lo que sí se puede hacer es escribir intentando que la historia le importe a quienes viven dentro de ella. Si luego un lector se interesa también por ese problema ajeno, al punto de necesitar terminar el libro para saber cómo se resolvió, se debe, en los casos más virtuosos, al resto de empatía que todavía nos queda a los humanos, y sobre todo a nuestro inquebrantable amor por la copucha.
Resultó, pues, que esta historia le importaba, y mucho, a los que vivían dentro de la novela, a la comunidad que habitaba la isla, porque la historia de la familia Garcés era, en parte, la historia de la isla, y también porque necesitaban que su propio narrador de historias, el viejo don Julián, dejara su retiro voluntario en La Punta y volviera a pasarse a su taberna para contarles los viejos relatos de siempre, porque lo cierto es que aunque las historias nunca sean algo urgente, tampoco podemos vivir sin ellas, y eso era algo que los isleños entendían perfectamente. Bueno, también querían cahuinear y saber por qué don Jerónimo se había ido hace cincuenta años de la isla sin despedirse de nadie, y por qué don Julián no había salido jamás, y por qué don Jerónimo volvía ahora, y si era verdad que el encuentro entre los mellizos había resultado tan mal que se terminaron agarrando a combos.
Es decir, que el caso de los mellizos era un asunto era de interés colectivo. Y si era de interés colectivo, ¿no podría ser colectivo, también el narrador?
Eureka.
Había encontrado mi narrador, o más bien, a mis narradores. La historia la querían contar todos, esos hombres y mujeres que se juntaban todas las tardes a tomar una cañita en un barco varado que habían transformado en taberna. El problema era que no conocían bien la historia, ignoraban casi todo del conflicto tan añejo entre los mellizos. Pero, bien pensado, eso podía ser atractivo. Me gustó la idea de un narrador en problemas, alguien que quiere contar pero que no conoce todo lo que pasó y entonces tiene que investigar, reconstruir, suponer, rellenar, inventar y, en el caso de un narrador colectivo, acordar y consensuar.
Ya tenía una trama, un lugar de los hechos y alguien que quería contar la historia. La escritura se destrabó y logré, al fin, una primera frase que me convencía, usando la primera persona del plural: “Lo vimos llegar cuando ya se despedía el verano”.
Pero en la práctica, ¿cómo funciona un narrador colectivo? ¿Cómo se puede hacer eso de que todos cuenten la historia al mismo tiempo? No lo sabía ni conocía muchas referencias de la literatura. La primera parte de “Claus y Lucas”, de Agota Kristof. Algunos capítulos de la hermosa novela “Canto yo y la montaña baila”, de Irene Sola. La novela “El fantasista”, de Hernán Rivera Letelier. Y poco o nada más que yo conociera. Tendría que averiguarlo en el camino. Dicen que los escritores son mapa o son brújula: mapa, el que tiene todo planificado antes de empezar a escribir, brújula el que tiene un norte pero no conoce el camino y espera descubrirlo al andar. Yo, que siempre había sido mapa, probé eso de ser brújula.
En las primeras páginas logré capear las olas. El narrador colectivo venía funcionando más o menos bien. Hasta que de repente la trama me empujó a un momento en que el grupo de isleños se divide: unos se van a La Punta a hablar con don Julián y otros se quedan en la taberna hablando con don Jerónimo. La corrección gramatical empujaba a decir: “unos nos fuimos a La Punta y los otros se quedaron en la taberna”. O bien: “unos se fueron a La Punta y otros nos quedamos en la taberna”. Pero mi pie forzado era no dividir nunca a la comunidad narradora. ¿Cómo solucionarlo? La respuesta a este problema estaba en el viejo y muy chileno arte de hacerse el leso. Y simplemente escribí: “unos nos fuimos a La Punta y otros nos quedamos en la taberna”.
Hasta ahora no he recibido queja alguna.
El libro se divide en cuatro partes, tituladas como las cuatro estaciones del año, comenzando en verano y terminando con la primavera. Resuelto el asunto “narrador” logré avanzar lo suficiente en la escritura como para entregar sesenta páginas del libro (que correspondían al “Verano” y parte del “Otoño”), y así terminar el programa de creación literaria y regresar a Chile sintiendo que había aprovechado el tiempo. Pero la verdad es que después del entusiasmo inicial del hallazgo del narrador colectivo, había ido perdiendo progresivamente el entusiasmo. Se me había perdido el norte y me rondaba la pregunta más fatal para un escritor. ¿Para qué escribir? Entraba a las librerías de Barcelona y luego de Santiago, y miraba esos anaqueles repletos de clásicos indispensables, escritos por autores de talla mundial. ¿Qué me hacía pensar que la historia de los mellizos merecía un lugar en la literatura?
En medio de mis dudas, una de mis profesoras del programa me había dicho, recordando algo que había escuchado alguna vez, que “vale la pena escribir porque puede ser que, allá afuera, haya alguien cuya herida tenga la misma forma que tus palabras”.
Lamentablemente mi estado de ánimo literario no permitió que esa frase llegara donde tenía que llegar. Tendrían que pasar tres años para que la entendiera. Pero no me adelanto. Estábamos regresando a Chile y yo había decidido abandonar la historia de los dos hermanos. No pensaba terminar la novela. Lo tomé como un ejercicio y ya. Tampoco tenía otras ideas para escribir otra cosa. Simplemente, había entrado en un sinsentido de la escritura, en un descreimiento total del arte de narrar. Que cuenten otros, los que tengan cosas interesantes que decir. La historia no iba a ningún lado. Había elegido la brújula en vez del mapa y me había perdido en el camino.
Afortunadamente, cuando regresamos a Chile Nicole tuvo que viajar a la isla de Tierra del Fuego para hacer el trabajo de campo de su tesis sobre las mujeres selknam, y este escritor derrotado la acompañó. Era agosto y en la isla nevaba. Nicole salía en el día a hacer entrevistas y yo me quedaba en la cabaña leyendo “Moby Dick” y mirando el estrecho de Magallanes, sin nada que hacer.
Retomé la novela casi por aburrimiento. Y de repente todo empezó a fluir de nuevo. Ya ni me acordaba por qué había dejado de escribir, si la novela era tan bonita, tan simpáticos sus personajes. Me sentí identificado con ese narrador en problemas, y entonces decidí que les pasarían las mismas cosas que a mí: por eso a veces dejan de contar la historia de los Garcés, dejan de juntarse en la taberna, avergonzados y abatidos porque sienten que no son buenos narradores. Pero cuando logran embarcarse otra vez se sienten tan contentos que, los cito, “esos momentos de duda y frustración no parecen tan graves, como no le parecen tan tremendas a los marineros las tormentas que vivieron en altamar una vez que pisan otra vez la tierra y se encuentran con los suyos”.
Yo me había reencontrado con la alegría de escribir y me importaba muy poco que a nadie le interesara la historia de los mellizos, porque sí les importaba a los isleños y sí me importaba a mí, y eso era más que suficiente.
Terminé de escribir en un retiro literario personal en una cabaña en Vilches Alto. La novela se publicó un año después con mi casa editorial desde hace diez años, la editorial La Pollera, y desde entonces han pasado muchas cosas. Presentaciones, lanzamientos, encuentros con lectores, publicación en otros países y ahora este premio que me emociona de forma muy especial por la calidad de los autores que lo han ganado anteriormente, porque es un premio al que no se postula, de modo que corre en un mundo paralelo del que uno no sabe nada, y sobre todo porque hace muy feliz a los isleños, que en estos momentos tienen su propia celebración en la taberna.
En uno de estos encuentros con lectores, precisamente en la casa-oficina de La Pollera, mientras firmaba libros, se acercó una chica de unos 30 años acompañada por su pololo. Venía un poco nerviosa porque me quería contar algo. Y lo que me contó fue que, en los días en que ella había leído “El año en que hablamos con el mar”, su padre vivía una lenta agonía en un hospital. La relación entre ambos se había enfriado hace tiempo, y cuando ella lo visitaba, no encontraban nada de lo que hablar. Pero el padre notó que siempre traía un libro en sus manos y le pidió que le leyera. Por esa sala de hospital aparecieron Jerónimo y Julián y los isleños con todas sus dudas y sus risas, con sus fiestas y sus penas, con sus palabras. Y día a día, esta mujer leyó para su padre, y encontraron un puente por el que pudieron ir y venir durante esas semanas. Sin embargo, el padre murió antes de que pudieran leer “Primavera”, la cuarta y última parte. La chica me contó que el día del funeral enterraron el cuerpo de ese hombre en un ataúd en el que dejaron, también, ese ejemplar inacabado de “El año en que hablamos con el mar” para que lo acompañara al otro lado, para en el cielo siempre fuera primavera.
Ese día entendí qué me quería decir mi profesora con eso de que vale la pena escribir porque allá afuera, hay alguien cuya herida tiene la misma forma que mis palabras. También entendí que los libros no tienen que ver con la urgencia ni la importancia que les suponga su autor: están mucho más allá de eso.
Entendí, finalmente, que para ser un narrador, para juntar el coraje que requiere publicar un libro, hay que aprender primero a abandonarse el misterio del alma humana.
Que nunca nos falte la primavera.
Muchas gracias.
Lee también esta entrevista en El Mercurio a raíz del Premio Nuez Martín


